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Apenas han pasado 24 horas desde que el tren en el que viajaba el clan Draco procedente de su ruta en O Courel desembocó melancólicamente en la estación de San Cristóbal. Apenas he tenido tiempo para hacer otra cosa que no fuese dormir y ver un par de películas. Pero fue suficiente como para darme cuenta, y sé que esto empieza muy sentimental, de que ya echo de menos al campamento y en particular a la ruta y a todos los miembros de este clan con nombre de constelación.
La actividad por la sierra de O Courel resultó maravillosa, aunque atípica por las fechas en que tuvo lugar. La unión del desmontaje con la partida en tren hacia la lucense villa de Quiroga resultó dura para más de uno, y de dos, que plancharon bien la oreja durante todo el trayecto. Menos mal que Morfeo no sedujo a un servidor, pues quizás hubiésemos hecho turismo por las minas de Ponferrada. Por cierto, os aseguro que constituye una dificultad suma averiguar el nombre del lugar donde para un tren.
Pasado el primer desplazamiento largo de la semana, nos instalamos en una interesante playa fluvial a orillas del Sil. Ahí comenzamos a comprender que el día había sido muy ajetreado, propicio para que muchas cosas cayeran en el olvido. Entre ellas los lomos, sobrantes del campamento y destinados a la cena. Fueron sustituidos por unos ravioli sin sal ni tomate, pero ¡riquísimos! Pero algo más importante nos habíamos dejado…
Al día siguiente tocaba traslado hasta el corazón de la sierra: Seoane do Courel, tras comprobar que el nombre del amable dueño de los autobuses era Severo y no Cebero. Caminamos hasta el aula de naturaleza de Moreda, custodiada por una réplica del mismísimo Carlos Carnicero. Tras montar las tiendas en un frondoso bosque de castaños, nos preparamos para una sesión de cine al aire libre. En cartel, una reposición: El Proyecto de la Bruja de Blair. En efecto, el elemento que también quedó en Crecente fue ¡el lumen! El más mínimo ruido de un palo o de un pájaro causaba pánico en los róvers. Hasta los más gallitos gritaban aterrorizados temiendo la llegada de las plagas de jabalíes que moraban por la zona, tanto o más numerosas que las langostas en las de Egipto.
Tras el trance nocturno nos adentramos en la preciosa Devesa de Rogueira, tan bonita como dura la subida. El sendero miraba siempre muy hacia arriba e hizo que alguno se rajara y propusiese dar media vuelta. Suerte que seguimos porque la fuente, sinónimo de vida, apareció a los pocos minutos. Desde el mirador las vistas eran espectaculares y el sol calentaba como el fuego, lo que se notó al bajar por la espesura del bosque, sobre todo para los incautos que no llevaron jersey. Para poner el punto y final de la jornada, Juan preparó un debate "apolítico y arreligioso" que terminó en los matrimonios homosexuales.
Llegado el nuevo día, pasando por las ruinas del Castillo de Cabero y por el atajo de Chema llegamos hasta el paraíso del camping de Esperante que contaba con merendero, piscina y una pequeñita pero acogedora cantina. Allí ya pasamos el resto de noches de la ruta. A la mañana siguiente, mientras los scouters se aburrían en el camping, los róvers realizaron el ya mítico raid. Luis y Marta hicieron noche en la bat-cueva, mientras que el resto decidieron comprobar la comodidad de la arquitectura de Seoane. Eso sí, todos ellos realizaron su experiencia de desierto y buscaron una horquilla, necesaria para su ceremonia de investidura.
Así es, el atardecer fue el escenario de las primeras investiduras róver de nuestro grupo. Todos ellos decidieron voluntariamente renovar o realizar su promesa scout, decidieron trasladar el escultismo a su vida cotidiana. Las cartas de compromiso fueron realmente emotivas y recién sacadas del horno de su corazón. Aquel pequeño recoveco junto al río fue testigo de quizás el compromiso más importante de su vida scout. Y después llegó esa extraña situación donde hay tanto que reír y que llorar, que despedir y que saludar, pero, en definitiva, que disfrutar.
Pero no puedo acabar este artículo sin hacerlo de manera emotiva, o cursi que dirán algunos. Sólo he estado un año en este clan pero lo recordaré ya para siempre. Orgulloso me siento por haber sido estrella en esta constelación. Una única cosa me queda por decir a la vergonzosa pero valiente, a la quejicas pero dispuesta, a la lejana pero siempre presente, al acomplejado pero risueño, al gritón pero animoso, al callado pero sensato, al sonriente pero reflexivo, a los dos siempre alegres que no pudieron acudir, y al capitán de este velero bergantín: GRACIAS.
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